A continuación, la que creo que será mi crítica de "Michael":
Michael no es una película valiente ni una biografía incómoda. Es, más bien, un ejercicio de embalsamamiento cinematográfico: dos horas largas dedicadas a conservar intacta una estatua, pulirla con cuidado y asegurarse de que nadie se acerque demasiado a mirar las grietas.
Desde el primer minuto se percibe que la película no tiene ninguna intención real de explorar al ser humano. Lo que quiere es otra cosa mucho más cómoda: administrar un legado, proteger una marca, ofrecer una versión perfectamente higienizada de una vida que, en realidad, fue cualquier cosa menos simple. El resultado es una biopic que avanza con el mismo espíritu que una visita guiada a un museo corporativo: todo está cuidadosamente iluminado, todo está cuidadosamente seleccionado… y todo lo que podría incomodar queda fuera de la sala.
El guion parece escrito con una obsesión casi patológica por evitar cualquier fricción con la realidad. Cada momento potencialmente complejo se reduce, se suaviza o directamente desaparece. Y así, lo que podría haber sido un retrato fascinante de uno de los artistas más contradictorios del siglo XX termina convertido en una sucesión de escenas complacientes que funcionan como vitrinas para los éxitos musicales.
Porque eso es lo que acaba siendo la película: un catálogo de hits disfrazado de narrativa. Canción famosa, recreación milimétrica del paso de baile, público emocionado… y vuelta a empezar. El espectáculo funciona, claro. Las canciones siguen siendo gigantescas. Pero confiar en el poder de Thriller o Billie Jean para sostener una película entera es una forma bastante elegante de esconder que debajo no hay demasiado más.
Y luego está el problema más evidente: la película parece aterrorizada por la complejidad. Michael Jackson fue una figura extraordinaria, sí, pero también profundamente complicada, contradictoria y rodeada de controversias. Convertir esa vida en un relato pulcro, casi reverencial, no es respeto: es simplificación.
Lo más frustrante es que el material dramático estaba ahí, al alcance de la mano. La presión brutal de la fama desde la infancia. La relación con su familia. La obsesión artística. El aislamiento. Las contradicciones personales. Todo eso habría dado para una película poderosa, incómoda y realmente memorable. Pero la película prefiere otra cosa: repetir gestos conocidos mientras evita cualquier pregunta difícil.
Al final, Michael se queda en lo peor que puede ser una biopic: un objeto brillante y vacío. Un producto cuidadosamente diseñado para que nadie se enfade, nadie se incomode y todo el mundo salga del cine tarareando una canción que ya conocía de memoria.
Como homenaje superficial puede funcionar. Como cine que intenta comprender a un personaje complejo, es un fracaso monumental.