Malditos sean los reporteros
El monstruo
Fuente: www.todamujer.com
Rosa Montero *
Dicen las malas lenguas que lleva una nariz ortopédica, un pellizco de silicona adosado a la cara, porque aseguran que, tras tantos años de martirizar a golpe de bisturí carne y cartílagos, de su bonita, gruesa y negra nariz originaria ya sólo le quedan agujeros. Dos agujeros como de calavera, que descoyuntarían aún más la aterradora imagen de este fantasma vivo y dislocado llamado Michael Jackson.
En agosto cumplirá 45 años y lleva más de 20 operándose de manera salvaje. Es decir, mutilándose.
He aquí un hombre de formidable talento musical, un muchacho sano y guapo de color tostado que, tras ímprobos esfuerzos, empleando mucho dinero, mucha constancia e infinito dolor, ha conseguido destrozarse. Y esta monumental y obstinada carnicería la ha llevado a cabo mientras permanecía en primera línea de la visibilidad internacional. Todo lo ha hecho siendo famosísimo. El planeta entero ha asistido a su morboso deterioro, a su desquiciamiento destructivo, sin que nadie hiciera nada por pararlo. Al contrario, la enfermedad de Jackson parece darle a todo el mundo bastante risa. Es nuestro payasito, nuestro títere. Una especie de monstruo prefabricado.
Resulta bastante aterrador que nadie haya detenido a este hombre en su carrera hacia la desintegración. La sociedad está moralmente obligada a cuidar de sus enfermos, y es evidente que Jackson sufre mucho y que tiene una patología psíquica muy grave.
Por desgracia también tiene, o tenía, muchísimo dinero. Con ese dinero ha pagado a los cirujanos plásticos que le han despedazado, unos canallas a los que se les debería retirar el permiso para ejercer. Y con ese dinero ha contratado a los mejores abogados del país (otros impresentables) para que no prosperaran las denuncias de pedofilia que se han presentado contra él. Porque no estamos hablando sólo del martirio evidente que es la vida de Michael Jackson, sino también del daño que produce a los demás. A todos esos niños a los que rodea tras comprar a sus padres a golpe de talonario, corrompiendo familias y causando en los menores quién sabe qué sustos, qué traumas, qué inquietudes. Por no hablar de los dos hijos del cantante, esos dos pobres bebés cuyo destino me tiene espeluznada. Ahí están, en manos de ese feroz chiflado, que les tapa la cara con toallas, los cuelga sobre el vacío, les golpea las piernecitas contra las barandillas.
Qué no hará con ellos cuando no le vemos. Y no estoy insinuando perversiones sexuales, sino locuras fatales. Espanta pensar que ese pobre enfermo obviamente incapaz de cuidar de sí mismo se haga cargo de la vida de unos niños.
Pues bien, todo ese comportamiento erróneo, dañino para los demás y para sí mismo, clamorosamente catastrófico, no ha encontrado ningún freno, ningún límite.
Si te acusan de pederastia siendo empleado de un supermercado, por ejemplo, sobre todo en la ultrapuritana sociedad anglosajona, tu vida desde luego que se ha ido al garete. Sea justa o no la acusación, la sociedad te hace el vacío, tu entorno reniega de ti y la justicia te persigue sañudamente. Sin embargo, Jackson ha tenido bula, por la simple razón de ser rico y famoso. Sólo muy recientemente una fiscal ha decidido abrir una investigación sobre su comportamiento como padre; y esta medida, que debió tomarse hace mucho tiempo, llega justo cuando nuestro personaje entra en su etapa final. Porque Jackson ya no es tan rico; atraviesa graves problemas financieros y ya no posee el suficiente dinero para “pagar” –o acallar– tanta monstruosidad. Es muy probable que ahora la maquinaria de represión social empiece a funcionar con diligencia; puede que le quiten la custodia de sus hijos, tal vez incluso lo internen en algún lado. Sin dinero no hay perdón.
Y es que Jackson es un nítido ejemplo de la hipocresía social y del cinismo ético. Se ha convertido en un engendro innegable, en un perfecto monstruo de barraca de feria, pero en realidad a mí me parecen mucho más monstruosos los médicos que le han chupado literalmente la sangre como vampiros, los abogados capaces de manipular cualquier principio moral, los bienpensantes dispuestos a cerrar los ojos si ello les conlleva algún beneficio; todos esos miserables codiciosos y mangantes que han hecho de Michael Jackson un pobre pelele, y que después de acabar con él seguirán encantados de sí mismos y dispuestos a comerse a cualquier otro.
* Publicado en El País Semanal. Número 1,383. Domingo 30 de marzo de 2003
sin comentarios
El monstruo
Fuente: www.todamujer.com
Rosa Montero *
Dicen las malas lenguas que lleva una nariz ortopédica, un pellizco de silicona adosado a la cara, porque aseguran que, tras tantos años de martirizar a golpe de bisturí carne y cartílagos, de su bonita, gruesa y negra nariz originaria ya sólo le quedan agujeros. Dos agujeros como de calavera, que descoyuntarían aún más la aterradora imagen de este fantasma vivo y dislocado llamado Michael Jackson.
En agosto cumplirá 45 años y lleva más de 20 operándose de manera salvaje. Es decir, mutilándose.
He aquí un hombre de formidable talento musical, un muchacho sano y guapo de color tostado que, tras ímprobos esfuerzos, empleando mucho dinero, mucha constancia e infinito dolor, ha conseguido destrozarse. Y esta monumental y obstinada carnicería la ha llevado a cabo mientras permanecía en primera línea de la visibilidad internacional. Todo lo ha hecho siendo famosísimo. El planeta entero ha asistido a su morboso deterioro, a su desquiciamiento destructivo, sin que nadie hiciera nada por pararlo. Al contrario, la enfermedad de Jackson parece darle a todo el mundo bastante risa. Es nuestro payasito, nuestro títere. Una especie de monstruo prefabricado.
Resulta bastante aterrador que nadie haya detenido a este hombre en su carrera hacia la desintegración. La sociedad está moralmente obligada a cuidar de sus enfermos, y es evidente que Jackson sufre mucho y que tiene una patología psíquica muy grave.
Por desgracia también tiene, o tenía, muchísimo dinero. Con ese dinero ha pagado a los cirujanos plásticos que le han despedazado, unos canallas a los que se les debería retirar el permiso para ejercer. Y con ese dinero ha contratado a los mejores abogados del país (otros impresentables) para que no prosperaran las denuncias de pedofilia que se han presentado contra él. Porque no estamos hablando sólo del martirio evidente que es la vida de Michael Jackson, sino también del daño que produce a los demás. A todos esos niños a los que rodea tras comprar a sus padres a golpe de talonario, corrompiendo familias y causando en los menores quién sabe qué sustos, qué traumas, qué inquietudes. Por no hablar de los dos hijos del cantante, esos dos pobres bebés cuyo destino me tiene espeluznada. Ahí están, en manos de ese feroz chiflado, que les tapa la cara con toallas, los cuelga sobre el vacío, les golpea las piernecitas contra las barandillas.
Qué no hará con ellos cuando no le vemos. Y no estoy insinuando perversiones sexuales, sino locuras fatales. Espanta pensar que ese pobre enfermo obviamente incapaz de cuidar de sí mismo se haga cargo de la vida de unos niños.
Pues bien, todo ese comportamiento erróneo, dañino para los demás y para sí mismo, clamorosamente catastrófico, no ha encontrado ningún freno, ningún límite.
Si te acusan de pederastia siendo empleado de un supermercado, por ejemplo, sobre todo en la ultrapuritana sociedad anglosajona, tu vida desde luego que se ha ido al garete. Sea justa o no la acusación, la sociedad te hace el vacío, tu entorno reniega de ti y la justicia te persigue sañudamente. Sin embargo, Jackson ha tenido bula, por la simple razón de ser rico y famoso. Sólo muy recientemente una fiscal ha decidido abrir una investigación sobre su comportamiento como padre; y esta medida, que debió tomarse hace mucho tiempo, llega justo cuando nuestro personaje entra en su etapa final. Porque Jackson ya no es tan rico; atraviesa graves problemas financieros y ya no posee el suficiente dinero para “pagar” –o acallar– tanta monstruosidad. Es muy probable que ahora la maquinaria de represión social empiece a funcionar con diligencia; puede que le quiten la custodia de sus hijos, tal vez incluso lo internen en algún lado. Sin dinero no hay perdón.
Y es que Jackson es un nítido ejemplo de la hipocresía social y del cinismo ético. Se ha convertido en un engendro innegable, en un perfecto monstruo de barraca de feria, pero en realidad a mí me parecen mucho más monstruosos los médicos que le han chupado literalmente la sangre como vampiros, los abogados capaces de manipular cualquier principio moral, los bienpensantes dispuestos a cerrar los ojos si ello les conlleva algún beneficio; todos esos miserables codiciosos y mangantes que han hecho de Michael Jackson un pobre pelele, y que después de acabar con él seguirán encantados de sí mismos y dispuestos a comerse a cualquier otro.
* Publicado en El País Semanal. Número 1,383. Domingo 30 de marzo de 2003
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