Nota:
No lo sé, Capulina
No sé con certitud qué contestó Capulina esa tarde. Yo tenía 21 años y don Gaspar Henaine, muchos más. La encomienda de entrevistarlo no era un asunto de trabajo, sino algo personal. Estaba en deuda con él y sentí que había llegado el momento de saldarla.
Cuando me enteré que su circo visitaba la ciudad de Chihuahua, busqué la manera de provocar el encuentro. Verifiqué horas y salidas de vuelos, rutas, fechas. “Sólo lo voy a molestar dos minutos”, pensé que le diría al verlo. Mi intención no era la de esa fanática que nunca falta: la que irrumpe en los vestidores de la nada y que platica sin fin, con curiosilla impertinencia. Yo quería comentarle a Capulina eso que seguro cabía en un par de minutos. Nada más.
Aparecí en el lobby del hotel donde supuse que estaba hospedado el famoso “Rey del Humorismo Blanco”. Era uno de los lugares que recordaba como favorito de muchos artistas que visitaban la capital. Me dio la corazonada de que ése podía ser el sitio e intenté. Al llegar, la recepcionista me confirmó mi hit. A pesar de estar ahí por mero tanteo, le pregunté con seguridad: “¿En qué salón es la rueda de prensa con Capulina?”. Y ella me dio, además de la bienvenida, guía y acceso al salón ejecutivo del último piso. La reunión estaba a punto de concluir.
El elevador se abrió y no me quedó de otra más que colarme entre los reporteros. A ninguno conocía porque, en ese tiempo, aún estudiaba mi licenciatura en comunicación en una universidad foránea. Con ninguno tenía posibilidad de coartada, pero era lo de menos. Ya estaba escrito que aquel día la buena fortuna me reuniría otra vez con don Capu a quien vi en medio del salón, con su particular parsimonia, con una guayabera blanca y con ese ocurrente gorrito negro de gran agujero. Capulina, en vivo, me despertó la profunda alegría de su recuerdo de años atrás, pero ahora con otro sentimiento sumado, el que me tenía ahí a unos metros de su silla.
En efecto, tal como lo advirtió la señorita de la recepción, la rueda de prensa concluía. Sólo me tocó escuchar aplausos y ver cómo cerraban libretas los periodistas. Casi todos salieron del lugar con prisa. Rondé un poco el área por si alguien se acercaba de última hora con don Gaspar, pero dejaron el paso libre. Comencé a caminar hacia él y mientras repetía en silencio la frase preparada, (“sólo lo voy a molestar un par de minutos”, “sólo un par de minutos”, “dos, nada más”) por fin, luego de años de recuerdos abreviados en unos cuantos segundos, llegué a mi querido Capulina.
Pero la historia se escribió al revés: “¡Hola! ¿Cómo estás? A tus órdenes, hija”. Con una sonrisa de ancha ternura, Capulina me regaló el abrazo de oso que nada más saben propinar quienes valoran con pureza a los niños. No fue necesaria ninguna introducción de mi parte ni oraciones preconcebidas. Los supuestos dos minutos se convirtieron no sé en cuántos. Platicamos, reímos, recordamos y la pasamos como dos buenos cuates. Sin prejuicios. Sin poses. Sin otro interés más que el disfrute de la compañía de uno y el otro. Como sucede cuando dos pequeños se encuentran y entran en fluida sintonía.
Conversé con don Gaspar Henaine no sé de cuántos temas. En términos periodísticos, en aquel momento y, desafortunadamente hoy aún más, lo compartido por él en hubiera sido información oportuna y seguro que muy valiosa. Sin embargo, nada de lo platicado tuvo y ni tiene cabida en mi memoria, tal y como sucede en ciertos sueños de los que sólo aparece un breve chispazo como referente fiel.
Lo que sí recuerdo es la sensación de alegría y confianza inspirada por Capu. Conservo el momento en el que le pedí prestado su sombrero de agujero grande para portarlo llena de orgullo y pedir que nos tomaran una fotografía que jamás llegué a ver. Los dos pusimos en nuestras caras su gesto típico del “no lo sé, a lo mejor, tal vez, quizá” y, luego de escuchar el click de la cámara, nos reímos muy a gusto. Pero, ¿y el contenido de nuestra conversación? ¿De qué hablamos esa tarde? ¿Qué nos entretuvo más tiempo del imaginado? Eso, con todo respeto, mi buen Capulina, no lo sé. Quedó resguardado en un cofre espiritual, como joya irrepetible que ni siquiera a merced mía está, pero que de alguna manera, va dictando estas líneas.
Aquel día, al salir del hotel, y ya rumbo a casa, de repente me dolió el pecho. Cerré los ojos y me tallé la cara con mis manos en señal de que algo había fallado. Frené el coche y por un momento pensé en regresar con don Gaspar. Pero no tuve agallas. Ya traía los ojos llenos de agua. Volver a buscarlo me pareció algo tan imprudente como el proceder de las fanáticas mencionadas párrafos arriba. No había cumplido conmigo misma. Por platicar con Capulina más de lo debido y de quién sabe qué tantos asuntos y chistes, mi deuda con él siguió vigente. Olvidé decirle lo que tanto quería en dos minutos. Quizá hasta en menos tiempo. Me resigné pensando que algún día volverían su circo y él a mi ciudad. Pero ni uno ni otro. Fue una verdadera pena.
Don Gaspar Henaine, el último gran comediante del cine mexicano, aquella tarde tenía que enterarse de los meses que pasé en la Clínica del Parque cuando cursaba tercero de primaria. Yo tenía ocho años. Un extraño padecimiento estomacal me provocó inapetencia radical. De un día a otro fui intolerante a todo alimento sólido o líquido. Me fui debilitando, entré al hospital y, después de algunas semanas de visitas de doctores y exámenes espantosos, no hubo más remedio que darme de comer por medio de una sonda que entraba por mi nariz, cruzaba mi garganta y llegaba a mí ya muy pequeño estómago. Esto aparte de los constantes litros de suero que veía vaciarse día y noche, gota por gota. Manos y brazos, con huellas moradas de las constantes canalizaciones. “Cuando salga del hospital, ¿me vas a llevar a ver al conejo de pascua?”, le preguntaba a mi papá. “¿Y al cine? ¿A los go karts? ¿A ‘Los Llorones’ de día de campo?”. Él a todo me decía que sí y, aunque mi mamá pensaba que no me daba cuenta, le veía los ojos aguados que no daban buena seña. Yo estaba tan débil que no tenía fuerza ni para dormir de lado.
Cierto día, los doctores decidieron que me fuera a casa. El doctor Porras, el doctor Tarín y otros más que se unieron al equipo, al igual que una cauda de lindas enfermeras, me ayudaron a ponerme una batita rosa, regalo de mi tía Lola Villarreal, y salí en silla de ruedas. Vi de frente el parque y sus montones de chanates que tantas tardes oí platicar al vuelo desde el cuarto de la clínica. Por mi debilidad, también estaba recién convaleciente de una hepatitis que complicó algo más el cuadro. Ya camino a casa, mi papá comentó que esa mañana había estado en la radio Capulina y que le había dado cortesías para su circo. Cuando escuché eso, le pedí que por favor, por favor, por favor fuéramos con él. Para variar, con todo y bata, y pese a las advertencias de médicos y mi doctora de cabecera (mi mamá), llegamos los tres a uno de los lugares pegados al escenario.
Todo el espectáculo me encantó, pero cuando salió Capulina a cantar su “¡Vengan al circo de Capulina! ¡Vengan al circo, se divertirán!” me alegre demasiado. Ni siquiera me acordaba de enfermedades, hospitales, medicinas. Capulina me caía muy, pero muy bien y lo tenía enfrente con su sonrisa de ancha ternura, con su particular parsimonia, con su guayabera blanca y con su ocurrente gorrito negro de gran agujero.
De repente, a mi Capu se le ocurrió organizar un concurso de canto. Pidió que se animaran tres niños. Y yo busqué de inmediato la mirada de mis papás. Pasó un niño, pasó otra niña y faltaba uno más. Ya estaba a un milímetro de incorporarme cuando mis acompañantes me recordaron que no podía esforzarme, que ya había sido mucho con haber ido al circo y que en otra ocasión volvería a ir al circo para cantar todo lo que yo quisiera. En eso llegó el tercer niño. Los escuché a los tres y, según yo, me hubiera sacado el premio sin problema: un banderín luminoso con el autógrafo del gran Capu. Eso, con todo respeto, mi querido Capulina, sí lo sé. Recuerdo que esa noche volví al circo de la vida con sonrisas y lágrimas, tal y como sigue siendo hasta hoy. Fue un momento de importantes lecciones que debo seguir estudiando con más cuidado.
En esa velada circense algo quedó en el tintero entre Capulina y yo. Lo mismo pasó años después en la tarde cuando lo reencontré entre claros y oscuros. Pero ya no más deudas, don Gaspar. Permítame estar al corriente con usted de manera pública y en menos de dos minutos: muchas, muchísimas gracias, mi por siempre amigo Capulina. Lo llevo en el corazón.
No lo sé, Capulina | Opinion | El Diario de Chihuahua