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Lo esencial es invisible a los ojos: tributo a Saint-Exupéry (El Principito)

Buenos días,

A continuación, en las siguientes líneas, desearía compartir con vosotros el fragmento literario que mayor impacto, tanto en lo emocional, como en la caracterización de los rasgos inherentes que han ido esculpiéndome como ser humano a lo largo de mi vida, me ocasionó, siendo apenas un imberbe infante de ocho años, la lectura de una novela imprescindible en la hemeroteca de todo buen y consumado lector (especialmente recomendada para los benjamines), a fin de adquirir conocimiento y constancia del mundo en que residimos, con sus reglas del juego tácitas, sus mecanismos de relación interpersonal y el modo en que caracterizamos a los demás, y nos definimos a nosotros mismos en relación a ellos, como componente esencial que terminará definiendo y sellando nuestra huella vital, nuestro legado constructivo -o no-, del que se nutrirán las generaciones venideras, marcadas por el mismo mecanismo, el cual se recicla, se reinventa y se nutre de los mismos dogmas que los enunciados con anterioridad, en un bucle sin fin, sin el cual, la vida, tal y como la entendemos y concebimos, no se antojaría viable a nuestra limitada capacidad de discernimiento.

Y ello, a pesar de que en sinnúmeras ocasiones, ni tan siquiera, al término de nuestra estancia en la Tierra, llegamos a adquirir una noción muy consistente del compendio diverso y múltiple de variables, de fenómenos, de episodios caracterizados por una complejidad sistémica que trascienden nuestro propio área de desenvolvimiento personal, ajenos a los del primitivo estado de naturaleza (tal y como sostendría el filósofo John Locke), por conceptos que los propios seres humanos nos hemos forjado, creado a nuestra imagen y semejanza y, en principio, para fraguar nuestros hábitos de un modo más accesible, manejable y confortablemente cómodo, cuando, en realidad, no ha hecho más que hacerlos más enrevesados, fútilmente innecesarios y contraproducentes.

Y, como telón de fondo, la impotencia como último estadio de nuestro sino existencial, al ser conscientes de que, sin el concurso de terceros, como buenos animales políticos (y sociales) -Aristóteles- no podríamos autorrealizarnos en la búsqueda de nuestra felicidad como colectivo, pues no siempre la independencia, esto es, la capacidad y la destreza del individuo de labrar su propio destino, puede conseguirse, si no es a través de la cooperación y la solidaridad, así como por la acción colectiva en la conquista de los derechos que, más tarde, todos terminaremos disfrutando y proveyéndonos de ellos.

Hablo de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1941). Desearía resaltar el capítulo en el que su protagonista entabla una amena y memorable charla con un invitado insospechado, el cual terminará, tras sellar un vínculo imborrable de amistad en unos minutos de plática, haciendo mella en su corazón, para la eternidad. Una de esas conversaciones que podrían, perfectamente, alterar los cimientos de una vida, enriqueciéndola, trasluciéndonos aquéllo más evidente a la vista de cualquier observador meridianamente atento y consciente, y no siempre perceptible a la vista de cualquiera, al permanecer distraídos, desorientados en quehaceres triviales que no debieran merecer nuestra atención, descuidando aquéllo más genuino, más fecundo, más elemental en nuestras vidas. Quizá no tan ornamentado, tan opulento, tan refinado, tan acorde a las convenciones de nuestro tiempo, dictadas por las instancias de opinión, las cuales marcan tendencia de moda según la estación de turno. Pero son las que, en definitiva, siempre terminan reconfortando a uno, confiriéndole coherencia de sentido a todo cuanto uno obra, opera, realiza y ejerce a lo largo de sus años de periplo en este valle de lágrimas, al servicio de uno mismo y, lo más trascendente, de los demás.

He aquí el pasaje sobre el cual me he pronunciado. Disfruten de él:

Entonces apareció el zorro.

-Buenos días -dijo el zorro.

-Buenos días -respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta, pero no vio nada.

-Estoy acá -dijo la voz- bajo el manzano...

-¿Quién eres? -dijo el principito-. Eres muy lindo...

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-. ¡Estoy tan triste!...

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy domesticado.

-¡Ah! Perdón -dijo el principito. Pero, después de reflexionar, agregó:

-¿Qué significa «domesticar»?

-No eres de aquí -dijo el zorro-. ¿Qué buscas?

-Busco a los hombres -dijo el principito-. ¿Qué significa «domesticar»?

-Los hombres -dijo el zorro- tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?

No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa «domesticar»?

-Es una cosa demasiado olvidada -dijo el zorro-. Significa «crear lazos».

-¿Crear lazos?

-Sí -dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...

-Empiezo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... Creo que me ha domesticado...

-Es posible -dijo el zorro-. ¡En la Tierra se ve toda clase de cosas...!

-¡Oh! No es en la Tierra -dijo el principito. El zorro pareció muy intrigado:

-¿En otro planeta?

-Sí.

-¿Hay cazadores en ese planeta?

-No.

-¡Es interesante eso! ¿Y gallinas?

-No.

-No hay nada perfecto -suspiró el zorro. Pero el zorro volvió a su idea:

-Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo...

El zorro calló y miró largo tiempo al principito:

-¡Por favor... domestícame! -dijo.

-Bien lo quisiera -respondió el principito-, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.

-Sólo se conocen las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!

-¿Qué hay que hacer? -dijo el principito.

-Hay que ser muy paciente -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca...

Al día siguiente volvió el principito. -Hubiese sido mejor venir a la misma hora -dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? -dijo el principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días: una hora, de las otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasearme hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:

-¡Ah!... -dijo el zorro-. Voy a llorar.

-Tuya es la culpa -dijo el principito-. No deseaba hacerte mal pero quisiste que te domesticara...

-Sí-dijo el zorro.

-¡Pero vas a llorar! -dijo el principito.

-Sí-dijo el zorro.

-Entonces, no ganas nada.

-Gano -dijo el zorro-, por el color de trigo. Luego, agregó:

-Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver nuevamente a las rosas:

-No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún -les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Y las rosas se sintieron bien molestas.

-Sois bellas, pero estáis vacías -les dijo todavía-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa.

Y volvió hacia el zorro:

-Adiós -dijo.

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

-Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el principito, a fin de acordarse.

-El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

-El tiempo que perdí por mi rosa... -dijo el principito, a fin de acordarse.

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...

-Soy responsable de mi rosa... -repitió el principito, a fin de acordarse.

Reflexión personal: en el texto, Exupéry nos alecciona acerca de la importancia de las pequeñas cosas, ésas que pasan desapercibidas. Deberíamos conceder a los pequeños detalles el lugar que se merecen, puesto que un día nos percataremos de que ellos son los que constituyen las más grandes hazañas, y por las que merece la pena desarrollarnos en compañía de otros, y alimentarnos de lo más granado de unos y otros, en un ejercicio de aprendizaje continuo, mutuamente beneficioso para todos.

Así pues, lo que para muchos es poco, para otros es mucho, por eso deberíamos apreciar vicisitudes tan elementales, tales como los buenos días con un beso o un gesto de cariño, los cuales conforman el aroma de los recuerdos, lo que nos engrandece como especie y lo único verdaderamente relevante que preservamos, y que nadie podrá arrebatarnos, al menos, hasta la muerte.

No obstante lo anterior, en El principito subyace otra moraleja: la verdadera belleza radica en el interior de cada ser vivo, pues es la única que no perece, la única que no puede ser aniquilada y que sólo se puede vislumbrar cuando se mira con los ojos del alma.

En resumidas cuentas, la belleza, por ende, no se cuantifica ni se mide visualmente, pues entraña una cuestión de actitud ante la vida. Vivimos preocupados por las apariencias, con temor a la heterodoxia, a no resultar estrafalarios y por no desentonar ante los convencionalismos que nos aprisionan, que no nos permiten exhibir al mundo nuestro esplendor. Y, con ello, nos alejamos ostensiblemente del camino marcado hacia la plena satisfacción de nuestro ser, en armonía con nosotros mismos y con quienes más potencian nuestras virtudes y amortiguan nuestros defectos y flaquezas, truncando nuestro bienestar y felicidad.

Por ello, frente a lo pretéritamente apuntado, nada más atinado que retomar la cita célebre de Exupéry: LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS. Y a partir de esa máxima nos reencontraremos a nosotros mismos, y, con ello, nuestra dignidad. Hallada a través de la necesidad del amor, vehículo de la historia e idiosincrasia de cada uno de nosotros, desde el principio de los tiempos, desde que el ser humano preserva memoria de sus desventuras, desde tiempo inmemorial.

Un cordial saludo a todos.
 

SLY

Baneado
Gracias, jamás lo he leído, lo haré. Me encantó la última cita y claro la cita de Siberian.
 
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